HISTORIAS DE TANGO: Ricardo Owen

“El Tarzan de La Pampa” – Capitulo 2

por Dario Polonara

Ricardo se había enterado por la radio: “Circo Brasil en Santa Rosa.: osos bailarines, elefantes acróbatas, leones saltarines, y más…” Algo de la propaganda no le cuadró bien y le pidió a Rinaudo que lo llevara a ver la función. “Yo sabía que aquel día marcaría un antes y un después en la vida de Ricardito. Intenté buscar excusas para evitar ir, pero estaba empecinado y no había nada que pudiera hacerlo cambiar de idea. Voy solo sino, me dijo, voy sí o sí”. Era un día de sol descarado, sin resistencia de nubes, quemante.

Llegaron a Santa Rosa temprano, varias horas antes de que comenzara el espectáculo. Ricardo iba nervioso por lo que sospechaba encontrar. Y lo que se encontró superó la frontera de su lucidez. Se adentró en el descampado donde estaba instalada la carpa del circo, y lo primero que vio fue un oso enjaulado, tirado en el piso, pidiendo muerte, tristemente aireado por un ventilador débil, ojeroso, flaco.

Comenzó a temblar y siguió caminando recorriendo las jaulas, cerrando los puños e inyectando sus ojos con sangre: monos raquíticos, no sólo enjaulados sino también atados con cadenas; elefantes flacos ya sin fuerzas, golpeados, enclenques; osos desnutridos con marcas de látigos por todas partes; tigres y leones pidiendo piedad con ojos desolados. Experimentó un ataque de nervios mientras acariciaba a los animales por entre las rejas y éstos le devolvían el gesto de cariño y parecían pedirle ayuda con rostros diezmados. Lo cuidadores miraban con estupefacción la actitud de los animales con aquel chico. Ricardo sintió que se moría, y se desmayó; estuvo tres días internado en un hospital, con convulsiones, mareos, odios.

Yo sabía, me lo imaginaba. Ese día era la última función del circo Brasil en la zona. Al otro día nos enteramos por la radio y por un periódico que nos alcanzó un vecino

Volvió a la estancia y estuvo en las montañas, meditando, rodeado de sus animales. Ya se había dado cuenta años atrás de que el ser humano era una bazofia, pero nunca creyó que la crueldad pudiera llegar tan lejos. “Estuvo cinco días sentado con las piernas cruzadas, sin moverse, en la cima de una sierra. Los perros le llevaban comida. Aquello era de no creer” Un día se puso de pie, agarró una pistola y salió caminando en silencio. “Yo sabía, me lo imagina. Ese día era la última función del circo Brasil en la zona. Al otro día nos enteramos por la radio y por un periódico que nos alcanzó un vecino” .

Ricardo se sentó en primera fila, la pistola en la cintura, intentado controlarse, esperando el momento oportuno para atacar. Pero cuando salieron los primeros animales a escena -osos bailarines- con el domador, explotó en cólera y no pudo contenerse: se metió en el escenario, agarró de los pelos al domador, lo tiró al suelo con increíble facilidad, le puso el arma en la cabeza, le propinó un sartal de insultos -en inglés- y amenazó con prender fuego el circo si no se liberaban a los animales inmediatamente.

El público estaba boquiabierto y pedía la intervención de la policía, que en ese momento brillaba por su ausencia. Ricardo tomó de rehén al domador y se dirigió hacia la parte de atrás de la carpa, donde estaban las casillas en las que moraban los empleados del circo.  Pidió hablar con el dueño y el domador le señaló una casilla alejada, que era la más grande. Pero de repente se armó alboroto: otros trabajadores del circo se le acercaron por la espalda, con palos y navajas. Ricardo los sintió venir, pero no pudo evitar un golpe en el lomo. Se dio vuelta y comenzó a disparar: hirió a tres y logró esconderse tras unos matorrales cercanos. Al rato llegó la policía y comenzaron a buscarlo.

Se sintió perdido. Le salía espuma por la boca, quería venganza, ya estaba loco. Se metió en una casilla que estaba vacía y robó una caja de fósforos. Salió afuera, y encontró un bidón de nafta al lado de un camión. Sagaz como una serpiente, logró meterse dentro de la carpa. Vació el bidón de combustible sobre la lona, y le dio fuego. Y llegó el caos. Mientras bomberos y trabajadores del circo intentaban apagar el incendio y evacuar a la gente, Ricardo alcanzó a liberar dos elefantes y un tigre que enseguida salieron corriendo para cualquier parte y provocaron la locura generalizada. Después se metió en un camión, y aunque nunca había manejado, logró alejar las jaulas del fuego. Más tarde, cuando el circo ya era cenizas, se entregó a la policía.

“Yo lo fui a buscar el día que salió en libertad. Un día muy emocionante para mí. Ricardito había utilizado esos dos años encerrado para planear muchas de las cosas que vinieron después”

 Lo condenaron a cinco años en un reformatorio para menores, pero las influencias del padre en la política nacional hicieron que la pena se redujera a dos. Durante esos dos años nunca mostró el más mínimo arrepentimiento por lo que había hecho, sino todo lo contrario, sentía el tormento de no poder haber liberado a todos los animales y haberlos llevado con él a su estancia. Rinaudo cuidó de los animales en su ausencia: “Fue duro para los bichos la ausencia de Ricardito. Lo extrañaban mucho, casi se me muere un potrillo de tristeza” Ricardo continuó recibiendo educación adentro del reformatorio, y cuando salió, tenía el título secundario bajo el brazo. “Yo lo fui a buscar el día que salió en libertad. Un día muy emocionante para mí. Ricardito había utilizado esos dos años encerrado para planear muchas de las cosas que vinieron después”

    Llegó a la estancia y se fue a las montañas. Volvió tres meses después, flaco, barbudo, sucio, decidido, anunciando que se iría a Buenos Aires a estudiar veterinaria y a perfeccionarse en el bandoneón. El padre lo dejó hacer y le compró -como le pidió Ricardo- una quinta de cincuenta hectáreas en Ituzaingo, cerca de la Capital. Y allí estuvo Ricardo, cinco años, durante los cuales rescató, vacunó y alimentó (y los llevó a vivir a Ituzaingo) a dos mil perros callejeros, mil quinientos gatos, seis mil palomas y desmanteló, con armas, once empresas de fumigación. Trató siempre de pasar lejos de carnicerías y restaurantes, porque se atormentaba. Ya creo que no hace falta aclarar que, desde hacía muchos años, era vegetariano, y cuando su salud flaqueaba por falta de bife, lo reemplazaba por soja.

“El día que llegó me llamó, quería hablar conmigo. Me pidió lealtad absoluta, que se venían tiempos difíciles. Me dijo que se entregaría en cuerpo y alma a la liberación de los animales de todos los circos que encontrara a su paso, y a cientos de proyectos que tenía en mente, todos en pos de la libertad de cualquier bicharraco… Y claro, yo le juré lealtad, y nunca le fallé” .

 Tres días antes de que la Revolución Libertadora mandara a Perón al exilio, Ricardo se recibió de veterinario. Ya era entonces, también, uno de los mejores bandoneonístas del país, aunque nadie la sabía, ya que nunca había armado grupos ni grabado discos. Al otro día de graduarse -dejó un encargado en su quinta de Ituzaingo para que cuidara a los bichos- volvió a la estancia Liverpool, con sus viejos amigos. “El día que llegó me llamó, quería hablar conmigo. Me pidió lealtad absoluta, que se venían tiempos difíciles. Me dijo que se entregaría en cuerpo y alma a la liberación de los animales de todos los circos que encontrara a su paso, y a cientos de proyectos que tenía en mente, todos en pos de la libertad de cualquier bicharraco… Y claro, yo le juré lealtad, y nunca le fallé”.  

 
La primera medida de Ricardo, pensando en futuro, fue la de plantar treinta mil árboles más junto a los que ya había. Mandó a traer de Suecia cinco millones de litros (para veinte años) de un fertilizante especial y pronto el verdor de aquel espacio artificial invadió el paisaje, aunque desde afuera de los límites de la estancia era imperceptible. El padre lo dejaba hacer (y no lo juzgó nunca, no por apertura mental, sino por egoísmo y ausencia, sólo le interesaba acumular poder: entonces se codeaba con la aristocracia más recalcitrante del país y tenía una docena de amantes desparramadas.

En el fondo, todavía sentía culpa por haber asado a William, sabía que Ricardo nunca lo perdonaría

Aparecía en Liverpool cada tres meses. Era de esas personas que medían los sentimientos en dinero, para él las cantidades descomunales de dinero que le dejaba gastar a su hijo se traducían en amor y estaba satisfecho y al parecer se encontraba en paz con la vida. En el fondo, todavía sentía culpa por haber asado a William, sabía que Ricardo nunca lo perdonaría. La madre estaba desde hacía tres años postrada en una cama, infestada de abulia y píldoras. Ricardo contrató, bajo la supervisión de Rinaudo, a cincuenta personas para que se encargaran de aquella suerte de selva pampeana, y a cinco de ellos los becó para que fueran a estudiar veterinaria a Buenos Aires.

Después hizo las valijas y se fue sin decir a dónde. “No se imagina la despedida de Ricardo con los animales. Nunca vi a nadie llorar tanto. Los animales supieron, y estoy seguro que Ricardo habló con ellos, que su gran amigo y protector se iba por un largo tiempo, que posiblemente muchos de ellos, nunca más lo volverían a ver; y se alejaron a las montañas, misteriosamente. Un día fui a ver dónde estaban y me encontré con un cuadro deslumbrante: los caballos consolaban a los gatos, que no podían detener el llanto; los perros y los avestruces estaban apilados, protegiéndose del mundo, Los chanchos no comían, tres conejos se suicidaron en el arroyo, una comunidad de ratas se fue en fila india, más allá de las montañas y nunca más regresó. Pobres bichos…Disculpe esta tristeza…, es que aquello es indescriptible”

DARIO POLONARA – ADIOS NONINO (A. PIAZZOLLA)