JULIO SOSA Y AL FINAL DE CUENTAS ME QUEDE SIN FE…”

caricatura
Diego Abelenda

La historia de Julio Sosa en una semblanza de y por JORGE PELONI

Tenía berretìn de cantor. A duras penas había logrado terminar la escuela primaria cuando alguien, vaya uno a saber quién, lo ayudó a transitar la senda de la música. Su padre obrero portuario y su madre empleada doméstica no podían ni tenían con qué acompañar su ilusión, por eso él sabía que debería luchar en soledad.

Apenas con 14 en el documento comenzó a cantar en los bodegones cercanos al puerto, con un par de cumpas dándole a la guitarra. Quería ser como Gardel, un sueño que lo acompañaría siempre. Vida de atorrante y esas ganas enormes de triunfar algún día en la vieja Montevideo de los años cuarenta. Esa metrópoli medio hermana de Buenos Aires, la de Discepolín, de Celedonio, de Homero Manzi, y la del inigualable Carlitos que no hacía mucho tiempo había tenido la ocurrencia de dejarla tristona.

En el ‘42, con apenas 16 años, se casó por primera vez y la pompa de jabón duró poco tiempo en el aire. El hombre suele equivocarse demasiado con sus prioridades. En su derrotero en llegar a ser como Carlitos aparecen el primer traje, el primer micrófono, su primera orquesta y un público que comenzaba a prestarle atención; un buen inicio para este muchacho extrovertido que desparramaba gotas de humor y desenfado y no mostraba los aires de amargura que vendrían con el tiempo.

“Perdí el ardor de los primeros años y hoy me alejan del campo de la vida sueños de artista y hondos desengaños” (Julian del Casal)

La luna de Buenos Aires – que todavía no rodaba por Callao-, lo ve llegar en el vapor de la Carrera en ese junio peronista del ‘49, sin un peso en el bolsillo, solamente con su simpatía, su voz y su tozudez a cuestas. Quería ser como Gardel. El cantor desafiaba, caradura y desfachatado, a ese cielo de gloria que solo él veía cerca, muy cerca. La fama le dio su mano y con armas legítimas fue construyendo su mundo.  

Pero cuando mejor iban las cosas más le dolían las inequidades, su niñez poblada de nadas lo hacían acercarse a quienes siempre están ávidos de urgencias. Su noble corazón, tan abierto para otros otra vez se mostraba nuevamente esquivo para él y le hace acumular un nuevo fracaso con su segundo matrimonio, y lo que es peor, el dolor incurable de Ana María, su niña que no le dejan ver.

La ciudad se rinde a sus pies, el país lo idolatra. Tiene el respeto y el cariño de los de la vieja guardia e inesperadamente el poder de llegada al público joven, en un momento histórico en que el mundo cambia a paso rápido y el tango va perdiendo su lucha con el aluvión foráneo. Pero él se transforma en un bastión inexpugnable, así lo siente y así se lo hacen saber. Sus oníricos cielos tangueros brillan como nunca, pero un nuevo matrimonio -otro fracaso más- lo sume en otro remanido dolor que vuelve cada vez más antagónicas las dos caras distintas del hombre-cantor.

“Porque quise mucho y no me han querido, por eso canto tan triste, por eso” (Celedonio Flores)

Llueven las presentaciones; bailes, radio, televisión y cine. Todo lo cubre, todo lo transforma en éxito, sin embargo su veta poética desgrana en versos inundados de tristeza, que él oculta detrás de  su aparente y eterno buen humor. Quince años hacía ya desde que el exigente porteño lo había hecho suyo para siempre. Terminaba la fiesta de despedida de soltero de un amigo. Acompañó con su DKW rojo a otro par y a una mujer. Estaba como alterado, nervioso, hablaba más alto que de costumbre.

Cuando los dejò tomó por Figueroa Alcorta y con el auto a gran velocidad pareció ir en busca de la baliza central que estaba instalada en la Avenida. Luego un ruido y un silencio de muerte. Eran las 3:30 de la madrugada. En ese vacío nocturnal cualquiera que lo hubiera conocido habría pensado que no fue un accidente, sino simplemente un final elegido. Había cumplido su sueño, de ser como Carlitos, de ser como Gardel.

Julio Sosa junto a la Orquesta de Leopoldo Federico

“TARDE” (JOSE CANET) – Tango de 1947
RETRATO DE JULIO SOSA

JULIO SOSA – Discografía

Fue cantor de tres orquestas antes de su etapa solista.

La orquesta de Francini-Pontier (1949-1953), con la que realizó 15 grabaciones en RCA Victor;

La orquesta de Francisco Rotundo (1953-1955), con el que grabó 12 temas en el sello Pampa.

La orquesta de Armando Pontier (1955-1960), grabó en total 33 registros, 8 de ellos para RCA Victor (1955-1957) y los 23 restantes en el sello CBS Columbia (1957-1960).

ETAPA SOLISTA

A comienzos de 1960 ya en su etapa solista, lo acompañó la orquesta de Leopoldo Federico y con ella comienza un ciclo de destacadas grabaciones, confirmando su gran éxito y aceptación del público. Versiones de los tangos NadaQué falta que me hacésEn esta tarde gris y su recitado de La cumparsita sobre versos del poeta Celedonio Flores (grabado en dos casiones: 1961 y 1964) son algunos de los grandes sucesos de este período.